Sonreír, sonreír. Una sonrisa desfigurada. Atender el teléfono no se acaba nunca. Siempre hay nueva gente que pregunta lo mismo. Las mismas preguntas, las mismas respuestas.
Camila seguramente en casa frente a la tele. Hasta que los ojos se le pulvericen.
El señor Roberts me llamó para ir a su despacho. Seguramente una carta. Una carta, otra carta. Las horas se aquietan. Las primeras no pesan lo mismo que las últimas.
El señor Roberts insiste, pero el teléfono también. Cómo cumplir sin fallar.
Si Camila por lo menos tuviera la comida preparada. Pero nada. Las propagandas no son lo suficientemente largas. Una inútil. Se lo he dicho miles de veces. Sos una inútil.
Tantos años en esta silla. Ya tiene mi forma, mi olor.
Efectivamente, una carta. Estimado Sr. Fernández. En vista de que usted es un cliente especial, tenemos el agrado de ofrecerle... El Sr. Fernández, ese viejo desagradable. Mira las partes, no los ojos. Y con todas las facilidades, sin necesidad de moverse de su casa... Si sólo espera el momento de salir y ver las partes, como si no fuera obvio. Y yo tengo que hacer como si nada, como si me mirara a los ojos. Viejo mal educado. Atentamente, Lic. Jorge Roberts, Director General. Va a pedir en su casa, pero que vaya yo. Yo solita para él.
Qué cocinar. Siempre pensar en la comida. A esa hora el programa sagrado, no puede volar ni una mosca. La novela de la noche. Qué hace durante el día, qué programas. Tiempo derramado. La vida no más que un transcurrir de horas. Una vida que pasa. Los días y las noches. Una luz apagada. Toda su luz de la tele. Camila debería dejar el nombre. Tan lindo nombre. Cómo perdió su nombre. Camila sin nombre.
El teléfono siempre. Un timbre que insiste, que no es para mí. Yo atiendo, pero no me llaman a mí. Atender para otro. Nadie sabe quién soy, después de tanto tiempo. Esta silla, mi silla. ¿Cuando no esté se notará el vacío? ¿Se notará mi cuerpo?
Debería tirarle sus cosas a la calle. Cambiar la cerradura. No pasaría ni dos días, si no sirve para nada. Ella y su mundo. Casi ni para saludar levanta la vista. Un lazo roto.
No atender el teléfono una vez. No estar; si no es para mí. Mi voz rota.
Todo lo hace mal. No sé cómo no la echan. Se lo he dicho. No sé cómo no te echan si no servís para nada. Para nada sirve, ni para compañía triste. Una pura ausencia. Ella sola, yo sola. Yo más sola que ella, vacía; ella llena. Las imágenes estallan en su cabeza.
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