jueves 19 de noviembre de 2009

No

Decir no. Decirle no a alguien. No. Decirle no a un niño; y sostenerlo. Decirle no a un perro que mira con cara de condenado, con toda la desdicha, pero que vuelve a intentarlo cinco minutos después porque se olvidó. Decir no a alguien que insiste como un perro. Decir que no a una propuesta, con la ilusión, o las ganas, o la esperanza que lleva. Decir no a un acto que avanza, a un gesto sin palabras que se abre camino, a una acción muda. No. Decir meramente no, simplemente no; y nada más. Decir no al deseo del otro. Decir no a una actividad, y abandonarla. No más. Decir no a un sufrimiento sostenido en el tiempo, que a pesar de todo, nos pobló y llenó. Decir no a un mal hábito. Decir: no, ahora no; como un aplazo, pequeña circunstancia de no, suave manera de no. Decir no incluso cansada de decir no. Decir no, y no ser severo. Decir dulcemente no, amorosamente. Como si fuera posible. Decir no te quiero; y dejarlo al otro pasmado, atestado de no, negado. Decir no, y sufrirlo. Sufrirlo con todo el cuerpo. Sentir el dolor físico. Decirle no al dolor. Decir no cuando no es posible decir no. Decir no a la enfermedad, a una realidad horrible, a una pérdida, a las fuerzas de la naturaleza, a la naturaleza del cuerpo. Escupir un no sin sentido. Decir no en el vacío. Decir no a pesar de todo. Decirlo para pronunciarlo, para oír su sonido, para pretender poder decirlo. Decirlo como cáscara de no, como acto inútil. Decir no y llorar o reír, porque no sirve de nada, porque no es un acto, porque no niega nada.