Terminamos de comer, y los platos quedaron sobre la mesa. Había todavía algo de salsa en el plato de Camila. Restos de su indiferencia. Mi plato estaba limpio, brillaba. Las servilletas todavía estaban desplegadas con nuestras marcas. No hablábamos mucho. Mirábamos hacia delante. Sentía mi columna rota como por un rayo. El dolor me fulminaba en cada movimiento. Estaba quieta. Los vasos sucios. Yo había comido tan rápido que cerca de mí había gotas de salsa y migas de pan. La tarde avanzaba en bloques inmóviles, como fotos que se pasan lentamente entre las manos. La tele chocaba su luz con la luz de la tarde como si fuera su lucha ganarle al día; su triunfo, tener una luz más poderosa. Camila parecía un zombi conectada con otro lado. Miraba la tele en estado de abandono. Su cabeza llena de imágenes, de luces.
Intenté levantarme pero el dolor me aplastó. Caí en la silla. Una espalda rota. La tele me adormecía. La tarde, los restos del día, de la comida.
Me levanté dándome dolor. Un destello agudo. El dolor como carne. Llevé los platos. Llevé todo lo que pude en un solo viaje. Todo amontonado. Volver, inclinarme, volver a ir. La idea me paralizaba. Le asigné lo que quedó a Camila como su tarea. Levantar lo que faltaba, lavar, guardar. Si no le daba tareas no hacía nada. Hacer por prescripción. Camila estaba únicamente en la obediencia, en la respuesta. Vaga, una vaga.
Fui a la cama. Pensar en acostarme, inclinarme. Un instante, pensé. El dolor es infinito, pero dura sólo un instante. No tiene recuerdo. Una vez acostada, la inmovilidad. De las horas, del cuerpo. Domingo. No todos los días lo mismo. Este domingo así.
Leer un libro, y salir del mundo. Escuchar música y salir de mi cuerpo, el mundo.
Camila respondía a las instrucciones con demora. Nunca inmediatamente. Podría salir, divertirse, vivir. Pero no, la tele, la tarde.
Lunes, el trabajo. Esperar que este domingo acabe con el día.
Mis días, intermitentes. Los de Camila, constantes. La tele siempre. Las series que se repiten puntualmente. Esperar el momento en que empieza la serie del momento. Una, y otra, y otra. Camila y la tele. Imágenes y luces. Nadie más ajeno y distante. ¿A quién habrá salido? Tan bonito nombre, ¿dónde fue a parar? ¿Cuándo se perdió?
Ya no podíamos vivir juntas. No vivíamos juntas. Dos personas separadas, aisladas, juntas.
Los restos del almuerzo todavía en la mesa. Los tiempos de otros. Acostumbrarse a los tiempos de los otros. Las voces y las luces que me llegan. El programa que no termina. Después de un programa, otro. Una continuidad. Un ser vivo.
El cuerpo tenso, no un verdadero descansar. Una inmovilidad rígida. Un presente que dura.
Buscaba el sueño en el libro. No otro mundo de otro; el otro mundo mío. Quizás dormir me diera la solución de la tarde, el otro día. Un calendario diferente.
Hasta que no hubiera propaganda Camila no se levantaría. Y quizás, ni así. Su cabeza vacía. Tanto brillo tenía, tanta curiosidad por el mundo. Ella debía irse de la casa.
Mi cabeza embotada, embriagada. Sentía que el sueño aletargaba mi cuerpo y lo volvía pesado. Las luces de la tele eran autos que pasaban lejos. El opio empezaba a construir un mundo. Abrirme al sueño. Las voces eran susurros de gente que me había venido a visitar, y que hablaba con respeto. Camila los guiaba, les daba café. Las letras del libro eran hormigas en fila. Caminaban y esperaban pacientemente. Una recostada en la otra.
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