
"Lake Michigan". Harry Callaghan
Justo cuando estaba pensando que mi tiempo se desarrollaría en la nada más absoluta, apareció por chat María. Me preguntó qué estaba haciendo. Yo estaba frente a la pantalla con la mirada fija en la luz como atontada, pero no podía decirle eso. Le dije que estaba escribiendo. Escribir siempre es una actividad que genera respeto. Ella estaba averiguando sobre unos conciertos internacionales que se iban a realizar en la ciudad. Cada vez que ponen la palabra internacional a mí me dan ganas de ir. La inauguración era el sábado y venían unos músicos de la puta madre. Me dio sus nombres. Unos perfectos desconocidos. Por lo visto a ella también le gustaba la música. Quizás era parte de la banda que tenía Clara. Me preguntó qué hacía yo el sábado. Yo le dije que no tenía planes. Me dijo que si estaba cerca del Teatro Coliseo quizás podía pasar. No veo por qué iba a estar cerca del Coliseo a menos que fuera al Coliseo. Me dio la sensación de que me quería invitar para ir con ella, pero no se animaba. Quise facilitarle la tarea. ¿Querés que vayamos? No, me contestó, yo no voy a ir. Me quedé congelada. Sólo había querido informarme, como una guía del fin de semana, de las actividades más destacadas para hacer. Supongo que no tenía que tomar su negativa como un rechazo, no es que no quería ir conmigo, sino que directamente no iba. Posiblemente no podía por alguna razón y estaba lamentándose. Pero no me dio ninguna explicación. Tampoco habló del plantón. Pertenecía al pasado, la vida que le siguió lo había sepultado. No sé por qué yo me quedaba atascada en eso. Me preguntó qué estaba escribiendo. Evidentemente la gran amistad que tenía con Clara las había llevado a contagiarse. Lo que yo necesitaba era un descanso de Clara, y su espectro parecía venir a mi encuentro en María. Un cuento, le contesté. ¿Estás escribiendo para nuestra revista? Esperaba no tener que escuchar de su boca muchas veces las palabras nuestra, nosotras. Le dije que en principio, no. Escribo por escribir, para mí. Eso sí que era el colmo de la estupidez, en este mundo escribir sólo por escribir es un derroche de tiempo. Si querés presentar algo, sos bienvenida, me dijo. Le agradecí. Ella sabía de la propuesta de Clara. Después me preguntó si había mandado mis cuentos a muchos concursos. No a muchos. Me preguntó si había ganado alguna vez un premio. Pensé en escribirle: no que yo recuerde. Pero perder o ganar concursos no es algo que se olvide fácilmente. Tuve que decirle la verdad sin adornos. Me levanté de la silla. Caminé por la habitación. Me acerqué nuevamente para escribirle: ¿cómo estás de la enfermedad? ¿Podés caminar un poco? Pero lo borré porque mi preocupación iba a ser interpretada de una manera equivocada. ¿Estaba tratando de averiguar mi currículum para ver si estaba a la altura de la revista? Mi escaso metro cincuenta de estatura siempre aparecía en todos los planos de mi vida. Yo era baja en todo. Ella seguramente escribía maravillosamente bien. Tenía la enfermedad a su favor. Quizás la enfermedad haya sido lo mejor que le haya pasado. Algo empezó a darme vueltas en la cabeza. Seguramente ella sabría por Clara que yo había perdido recientemente en el concurso del Fondo, también sabría que me había presentado al mismo concurso ya 4 veces, y que nunca había obtenido nada. Cada año con paciencia de hormiga llevaba mis cuentos. Me pareció que estaba disfrutando de todo eso, que lo hacía sólo para gozar con la sangre que derramaban mis heridas. Tuve curiosidad por saber si ella había ganado alguna vez, pero preferí no enterarme. Quizás María era la forma que tenía Clara de seguir en contacto conmigo y de vengarse. ¿Y María de qué se vengaba? ¿Le pesaba mi amistad con Clara? ¿Le pesaba yo o le pesaba el mundo de los sanos, la inmortalidad perdida? Quizás su cuerpo había nacido en el horizonte de su vida en forma monstruosa, y debía deshacerse de alguna manera de ese tormento. Pero yo no tenía la culpa. Me dijo que tenía que irse porque debía sacar entradas para uno de los recitales del sábado. Me quedé pensando. No me aclaró dónde era, pero no podía ser en el Coliseo, debía ser en otro lugar. Probablemente me había enviado a mí ahí para que no me topara con ellas. No me había dado lo más destacado para hacer, sino lo que no hacían ellas, sus restos. Estaban intentando trazar el mapa de la ciudad sin mi incómoda presencia. Querían, seguramente, armarme un recorrido lejos de sus pasos.
Fui a mis contactos. Busqué la dirección de Clara. Iba a mandarle un mail diciéndole que no quería verla nunca más, que bien podía irse a la mierda, que caminara tranquila por Buenos Aires porque yo no estaría detrás espiándola a ella y a esa enferma para ver las cositas que hacían, que no perdería ni siquiera mi tiempo para hacer campaña para boicotear su revista, de la que me habían dejado afuera, porque había nacido muerta de muerte natural, que no perfeccionaría mi escritura sólo para imaginar cómo se le desfiguraba su cara cuando no la nombrara en la puta entrevista del programa de mierda. Pero en vez de eso borré su dirección de correo de mis contactos. No más chat. También borré la dirección de María. Yo ya había sido reemplazada, todo eso fue más bien una forma de borrarme a mí.
Fui a mi cuarto. Prendí la tele, me dispuse a ver lo que la programación del canal tuviera para mí ese día. Llamé al cable y contraté el servicio, les pedí la revista, aunque tuviera que pagar extra. Me dijeron que mañana vendrían a conectarme todo y que la revista me la enviarían en dos días. Me encanta la eficiencia. Me aseguraron que había muchas películas de estreno, buenísimas. Eso me llenó de ansiedad, no podía esperar a verlas todas. Más bien prefería que estuvieran todas juntas.